MANUSCRITO DE LOS COMUNES: NUEVOS FUEROS PARA LOS HABITANTES DE MADRID

Capítulo Primero: De los comunes y su gestión

Art. 1. Salvo especiales circunstancias discutidas por la comunidad, nada de lo que ha sido creado, pagado o sostenido con esfuerzo común puede ser convertido en otra propiedad que no sea común, sin que en ello importe lo que la legalidad o los registros de propiedad hayan establecido previamente.
Art. 2. Todo aquello que el común considere como bien o servicio común será considerado tal. El común no tiene más límite que lo que se decida comunmente, sin menoscabo de otros derechos fundamentales como la libertad de expresión, reunión, manifestación o a la tenedura de una razonable propiedad privada.

Art. 3. Todo servicio o bien común será regulado de acuerdo a los siguientes cuatro principios:
a) Universalidad, el acceso a estos bienes y servicios comunes deberá ser universal y abierto a todos los residentes de la ciudad, sin mayor contrapartida que la buena disposición y trabajo de la comunidad para su sostenimiento y mejora. Estas aportaciones serán, en parte, reguladas por vías fiscales sobre el principio de «quien más tenga más aporta» y, en parte, mantenidas por los trabajos colectivos que sean necesarios.
b) Sostenibilidad, las únicas restricciones de usos y aprovechamientos deberán estar fijados en razón al mantenimiento intacto, cuando no mejorado, de las condiciones materiales de reproducción de los bienes comunales.
c) Democracia, los criterios de gestión y uso deben ser transparentes y democráticos. A ese efecto todos los recursos serán administrados por una Junta Comunal, a la que tendrán derecho y obligación de asistencia todos los miembros concernidos por el recurso. Las juntas comunales serán de un tamaño lo suficientemente pequeño como para que todas las personas congregadas se puedan escuchar en una misma sala y lo suficientemente grande como para que el recurso sea viable, siendo el tamaño de cada recurso determinado por las necesidades de cada asamblea. Cuando las condiciones no lo hagan necesario, la administración se realizará según las normas de uso común o por reglas fijadas por una asamblea fundacional, siendo su administración cotidiana realizada por personas duchas y capaces en los menesteres técnicos requeridos. Sea aquí establecido este principio fundamental de los comunes: que estas personas, por mucho que sea su saber, no tendrán capacidad para modificar las normas fundamentales, siendo todo conflicto importante o toda modificación esencial resultado de las deliberaciones de la asamblea competente. A fin de confirmar el mandato democrático se dispone la revocabilidad de las personas que presten servicio en puestos técnicos o expertos. Así mismo se establece como principio y derecho, la transparencia en el acceso libre y directo a la información producida en el ámbito de gestión o decisión sobre los citados comunes.
d) Inalienabilidad, la gestión privada, estatal o comunitaria no puede en ningún caso confundirse con la propiedad de los bienes y servicios de propiedad común, que no podrán ser enajenados a manos de terceros.



Capítulo Segundo: De las cosas naturales como la tierra, el agua o el aire


Título primero: De las cosas naturales como bienes comunes

De las primeras verdades que aprende cualquier sociedad es que la tierra no puede, en rigor, tener dueños, pues la mayor parte de las cosas que la facen no son propiedad de nadie, ni pueden serlo. La producción biológica, el ciclo del agua o la mezcla de los gases de la atmósfera pueden ser trastornados por humana mano, pero no dominados de pleno derecho. Y aun si dijéramos, como parece quererse, que en nuestros tiempos el dominio de la naturaleza está completado y cerrado de una vez por todas, no podríamos decir que tal control de la tierra y sus ecosistemas haya llevado a su mejora. Siendo antes cierto lo contrario, pues en todas partes la destrucción avanza y los recursos menguan.
Es sabido también por las sociedades antiguas, que los límites físicos a la apropiación de la naturaleza, hacen de buenas razones para evitar la conversión de la tierra en propiedad privada. Y esto, en la peculiar forma en que es posible tal propiedad, esto es, la propiedad privada de los productos finales de la tierra. Es, de otra parte, hecho reconocido que las tierras comunales, en la medida en que proveen de un sustento material para todos, suponen una garantía para la reproducción de la sociedad. Y que fue precisamente por ello por lo que ésta fue objeto de ataque: primero por los señores feudales, y luego de los nuevos burgueses, en esa inefable operación de cercamiento de los campos, cuyas consecuencias ya conocemos en forma de «miedo al hambre», vagabundeo y desposesión.
Cierto es también que la tierra en común sólo se garantiza si queda asegurada la reproducción de los bienes que la naturaleza provee. Y que al dañar irreversiblemente los productos de la naturaleza y las relaciones de los ecosistemas, a quien se pone en peligro es a la propia existencia humana, y no a una economía descarnada. Es por ello que la tenencia en común de tierra y bienes naturales son garantía de sostenibilidad. Y que frente al decir que lo que «es común no es de nadie» y que no hay mejor forma de agotar un bien que el hecho de que no tenga «dueño», habrá que afirmar que no se puede garantizar mejor lo común que si es de todos y a todos importa. Siendo «todos» la comunidad de iguales cuyas normas son azote de explotadores y oligarcas que por sus normales negocios agotan estos recursos que tanto cuestan.
Art. 4. Se reconoce por esta Carta el carácter contingente y finito de la apropiación de los productos de la naturaleza y la autonomía de las relaciones internas de los ecosistemas frente a los distintos modelos de propiedad. A este propósito se someterán a examen todas las formas de contabilidad al uso, para evitar las trampas que tan frecuentemente hacen pasar por extracción de riqueza la destrucción material del entorno.
Art. 5. Se reconoce también que las instituciones sociales deberán acoplarse a los ecosistemas que humanos, flora y fauna forman, atendiendo siempre a la conservación y mejora de los delicados equilibrios que entre éstos se construyen. Y que lo harán según formas igualitarias en las que tenga voz toda persona afectada por el uso y explotación de los mismos.
Art. 6. El aire y el agua, el mar y sus costas son bienes comunes. Pues así lo decía ya el derecho romano: Naturali iure communia sunt omnium haec: aer et aqua profluens et mare et per hoc litora maris.
Art. 7. Son también comunes los montes, bosques y pastos que todavía existieren a 100 leguas alrededor de Madrid y como tales serán desde ahora mantenidos y aprovechados. Al igual que los regadíos, campiñas y campos que no sean de propiedad y trabajo de una sola familia.
Art 8. Por esta Carta se recogen los tristes restos de las legislaciones del llamado «dominio público», como el dominio marítimo-terrestre y las riberas de los ríos, así como los montes de utilidad pública.

Art. 9. Siendo montes y bosques propiedad común, éstos serán agrupados en grandes lotes para su administración por las Juntas Comunales formadas a tal propósito.

Art 10. Igualmente se establecerán Juntas de Cuidado del Agua y el Aire que velarán por su calidad y buen uso, vigilando y castigando los derroches y sus malos usos.

Art. 11. Los campos que no siendo de propiedad y trabajo de una familia serán repartidos en usufructo a aquellos interesados y amantes del noble arte del cultivo, con el fin de que sean los frutos de sus huertas los que nutran y alimenten a madrileños y madrileñas.


Título segundo: De los bienes naturales y su gestión común en Madrid y en otras regiones del mundo
Cierto es que los comunes son motivo de guerra y enemigos de los grandes poderes del mundo. Pues si en las naciones ricas ha ya tiempo que las tierras pasaron a privadas manos, en las pobres son todavía comunes en buena proporción. Mas siendo estos comunes obstáculo a la explotación de minerales y plantaciones, han sido los países ricos quienes han promovido su cerco y brutal aprovechamiento. Y esto sin mayor rubor. Es así esta paradoja: si en sus discursos abogan por lo verde, en la realidad acaban en lo marrón, y mas pareciera que siendo de boca ecologistas no son sino los lobos de nuevas formas de expropiación. De lo que se deduce que los comunes serán para todos los pueblos y naciones o no serán, y que es voluntad de esta Carta que su ámbito no quede en Madrid, sino que a todo el mundo se extienda.
Art. 12. Siendo las juntas de comunales pequeñas y ajustadas al tamaño de los recursos, serán capaces de federarse hasta abarcar la gestión de los inmensos comunes de este mundo como los grandes bosques, los océanos y la atmósfera. Pues es menester que siendo mar y aire comunes universales, sean bien gobernados para poner fin a su constante empeoramiento.

Art 13. No habrá comercio basado en la expropiación de otras partes del mundo en las que la propiedad privada del suelo se mantenga, o aun peor, aumente. Es así que toda forma de comercio será entre comunidades que mantengan y conserven sus comunes.

Art 14. Es propósito de esta Carta y de otras semejantes saldar la deuda ecológica que a pobres y ricos hoy tanto separa.
Art. 15. Es atentado contra el común todas las formas de privatización clara o encubierta del suelo, así como el envenenamiento de mares, aguas y cielos. Siendo esto gran problema, serán sus responsables expulsados de la comunidad.



Capítulo Tercero: De la ciudad y los espacios comunes

Es nuestro mundo, mundo urbano, en el que ya más de la mitad de los nacidos ha por hogar una ciudad. Es por ello que nuestras urbes, en tanto espacios de obligado encuentro, sean también de convivencia, y de política, y de democracia, como ya practicaran en la Antigüedad, y luego en la época de las revoluciones y conquistas urbanas.
Es así que la ciudad sólo puede ser casa del vínculo social, en el que cosas y personas se encuentran de maneras variopintas, dando nombre y consistencia a la comunidad. De lo que se deduce la forma en la que la ciudad se produce, ya que es en estos menesteres donde las relaciones sociales se facen y desfacen, haciendo de la ciudad espacio de vida. Pero siendo nuestras ciudades cada vez más dispersas, y estando cada vez más dispuestas en una multitud de fragmentos homogéneos, éstas se vuelven sitios enemigos e inhóspitos, donde las desigualdades de riqueza y fortuna campan a sus anchas.
Sea pues que si la ciudad es, como parece, espacio de vida y para la vida, donde necesidades colectivas y lazos sociales se deshacen y rehacen, no hay mayor urgencia que ésta y todos sus bienes sean declarados comunes. Que se ponga coto a las privatizaciones y fronteras que hoy en día se multiplican. Y que la ciudad sea objeto de derecho, derecho a la ciudad, en tanto garantía del poder de la comunidad sobre su propio espacio y formas de vida. Y para que esto sea así y no de otra manera, esta Carta establece lo que sigue.


Título tercero: La ciudad como soporte de los comunes
La ciudad es soporte de otros comunes que sobre ella se asientan. Es así que la ciudad es base material de otros comunales y a su tiempo provisionadora de múltiples riquezas. Bien gestionada, así, la ciudad puede convertirse en la mayor de las garantías de la buena vida y de la satisfacción de gran variedad de necesidades ahora insatisfechas.
Sin embargo, nuestros gobiernos, públicos y privados, han hecho de nuestras ciudades fuente de gran miseria, agotando el suelo que tan escaso se presenta, al igual que el agua y la energía. Éste es el caso de Madrid, en el que tiempo, agua y suelo se pierden en el estómago de una ciudad que nunca se amansa. Y en la que lo común se destruye por obra y gracia de intereses privados, crecimientos desmesurados y otros despilfarros desmadrados. A esta ruina de lo común ha seguido mayor desigualdad y penuria para los menos agraciados, que no teniendo recursos han quedado aún más pobres y aislados.
Art. 16. Son comunes los elementos que dan forma a la ciudad, el suelo, los equipamientos y la ciudad en su conjunto, siendo su importancia mayor en tanto sirven de soporte a otros bienes y riquezas, que por estar basados en lo común serán también comunes.

Art. 17. Son comunes los espacios públicos, en tanto espacios físicos compartidos, base para el encuentro, el intercambio y la asamblea pública. Son comunes las calles, plazas, parques y equipamientos públicos.

Art. 18. Es común el suelo urbano, urbanizable o por urbanizar, pues aquello que forma o formará parte de la ciudad no puede ser ni de beneficio, ni de interés privado. Y es así como la especulación cederá en buena proporción, para gran provecho de todas y todos.

Art. 19. Es común toda vivienda que no tanga ni ocupación, ni aprovechamiento, siendo desde hoy parte del Comunal de Inmuebles, que en justo reparto y aprovechamiento repartirá entre aquellos que no tengan techo. Queda así establecido que toda persona debe tener una vida propia, y digna, y merecedora de todo respeto; pues es derecho de todos y todas el acceso a una vivienda habitable, siendo habitable aquella que permite el bienestar. Y habiendo en Madrid tantas casas vacías sin más objeto que la especulación, lo que no genera sino tristeza y mayor pobreza, hay ya riqueza suficiente para repartir y no reparar en tanta penuria.

Art. 20. Son comunes la red eléctrica, las canalizaciones de agua, los embalses y todo aquello que a la ciudad trae la energía y el líquido elemento. Las juntas comunales constituidas al efecto promoverán la racionalización y reducción de su consumo, así como la organización y distribución ecuánime y democrática del mismo.

Art. 21. Son comunes vertederos, depuradoras, instalaciones de reciclaje y todo aquello que limpia y sanea la ciudad. Siendo objetivo de las juntas comunales la mejora de su gestión, que tenderá a reducir al mínimo los deshechos y reciclar aquello que sobre y se pueda aprovechar.


Título cuarto: Del espacio común de la ciudad
Son los espacios a la ciudad, lo que el esqueleto a los humanos. Lugares de encuentro y cruce, de amistad y diferencia. Pero siendo espacios de convivencia, lo son también de conflicto, ágoras de decisiones compartidas, así como de intereses contrapuestos. Así es que los espacios públicos son lugares políticos, donde la participación debe ser siempre bien provista como derecho sin exclusión.
Pero si esto así, hoy los espacios públicos son menguados, y aminorados, reducidos en lo que tienen de común, convertidos en privados, objeto de cambio entre administradores y empresas. Es por ello, que esta Carta ha por máximo objetivo la defensa de los espacios públicos como bienes comunes, lugar de asamblea y ventaja para una vida urbana más rica.
Art. 22. Queda aquí establecido que la ciudad habrá de adaptarse para que diversos y diferentes, infantes, jóvenes y mayores pueden habitarla y poblarla. Pues es derecho de todos y todas el acceso a los bienes y espacios que la ciudad proporciona. La ciudad no es, ni podrá ser, ciudad de fronteras.

Art. 23. Es propio del espacio público el libre tránsito y la liberad de uso, sin más restricción que la de aquellas acciones que perjudiquen al bien común.

Art. 24. La ciudad deberá tener las condiciones apropiadas para el desarrollo de la comunidad. Queda establecido por esta Carta que nadie podrá ser marginado, siendo abolidas toda las exclusiones visibles e invisibles que hoy tanto discriminan por color y sexo, gusto y edad.

Art. 25. Forman lo común las fiestas, los encuentros, la expresiones artísticas y la algarabía. Y como esto son menesteres necesarios para la buena vida del cuerpo y el alma, será el común y sus juntas comunales quienes se encarguen de facilitar su gestión para así evitar conflictos o usos inapropiados de los espacios comunes.

Art. 26. Es contrario a lo común la puesta de los espacios públicos al servicio de un único interés identitario, político o lucrativo. Los espacios públicos no podrán ser enajenados, cedidos o alquilados, por tiempo prolongado, a particulares o intereses privados.


Título quinto: De la ciudad como espacio de producción de valor común
La ciudad es territorio de gran riqueza. Hecha de tantos cruces y encuentros, de tantas gentes y tan diferentes, de tantas iniciativas y derechos, de gran memoria y mucho futuro, es de natural que de ella emanen oportunidades, negocios e infinidad de proyectos. Mas siendo todo ello posible por lo común, resulta que éste nunca viene reconocido. Así transcurren los años, y algunos van llenando sus arcas, aprovechando éstas y otras oportunidades, pero sin aportar ni crear nunca gran cosa para el común. O aún más, se quiere convertir la ciudad en un museo, o en una marca, con el fin de atraer personas y capitales, que según dicen proveerán buenas viandas y mayores riquezas. Pero lo cierto es que nada de esto ocurre. La situación degenera, convirtiendo la ciudad en una mina de la que sólo se extrae y nada se escapa. Y puesto que no hay vida buena cuando las plazas son museos, las calles escaparates y la ciudad una marca, esta Carta declara el fin de tales despropósitos, y reclama para lo común lo que sólo puede ser común.
Art. 27. Es común la vida de la ciudad, las formas de vida, las jergas y las palabras.
Art. 28. Son comunes la memoria, la belleza, el conocimiento y la sabiduría que hoy se contemplan en monumentos y fachadas.

Art. 29. Es común la expresión, la música y el arte.

Art. 30. Es común la diversidad en su diferencia.
Art. 31. Y siendo todas estas cosas comunes, son también comunes los aprovechamientos, las imágenes y la creatividad que de ellas emanan. No pudiendo haber por ello más riqueza que la colectiva.

Art. 32. Es derecho de toda persona la participación y disfrute de tales riquezas.

Art. 33. Mas como es imposible que esto no de forma a negocios y produzca dinero, se establece que de los beneficios que de los mismos se generen, todo lo que exceda al mantenimiento de la actividad y sus hacedores, irá a las Juntas Comunales, redundando todo ello en la mejora de lo común, y por ende en más riqueza.



Capítulo Cuarto: De la salud y los cuidados

Es principio básico de la vida el cubrimiento de los menesteres elementales, ya provenieren de las materias que la tierra ofrece que de las urgencias del corazón y la mente. Y sin embargo, es nuestro tiempo de tantas penalidades, que nuestra salud se deteriora, quedando cuerpo y mente en situación de precariedad extrema. Pues no hay salud cuando las relaciones humanas empeoran y la tierra enferma, siendo la salud fruto, que no causa, de la ecología social y ambiental.
Es por ello, que la salud descansa en una cadena cuyos eslabones son tanto hospitales como afectos y medio ambiente. Y que no habiendo mejor forma que los comunales, todos estos eslabones han de ser comunes, poniendo igual fuerza que esfuerzo en tener aire puro que buenos alimentos, buenos cuidados que mejores médicos.


Título sexto: De los cuidados
Esfuerzo y obligación de todos es el bienestar de las personas. Sin ser tal obligación cuestión doméstica, es ya responsabilidad comunal en forma de derecho al cuidado. Pues los problemas que hasta el momento eran responsabilidad privada y que resolvían las mujeres privadamente, deben de dejar serlo.
Es propósito de esta Carta poner fin a la privación de los cuidados, así como a su privatización en el hogar y en el mercado. Ya que ni el generoso servicio de las mujeres de la familia, ni los arreglos y contratos que por miserable pecunia ponen a otras mujeres a servir en casa ajena han ganado en igualdad y mejora. Siendo éstos objeto como de vergüenza, de los que poco o nada se habla. Y por si poco fuera esto, igualmente limitadas son las leyes promulgadas, que ni hacen universales los cuidados, ni acaban con su pago.
Por todo ello los cuidados deberán dejar de ser motivo de desgracia y resultado de desigual prestancia, según distancias de riqueza y posición, amistades y prebendas, que en nuestra sociedad existen y que siempre redundan en mayor desigualdad. Queda aquí establecido que los cuidados deben ser comunes, reconocidos y visibles por y para todos, y no tarea de mujeres, especialmente de aquellas más pobres o de nacimiento extranjero, que no teniendo recursos se mal venden en las plazas de los mercados domésticos, para gran desgracia del cuidado de sí mismas y de los demás.
Art. 34. Es el cuidado de las personas principio de toda vida conjunta, y por ende bien común. Pues siendo bien y servicio de gran necesidad, su reconocimiento constituye articulo primero de este Capítulo.

Art. 35. Es propósito de los Comunales del Cuidado, proporcionar poder, bienestar y salud, a toda persona que así lo necesita y quiera.

Art. 36. Es el cuidado obligación de toda persona, no siendo ya más obligación de unas que de otras. Pues siendo el cuidado tan importante para el común, no habrá ya ni ocultamiento, ni miseria en el cuidar, sino fuente de la mayor dignidad.
Art. 37. En tanto toda persona es a un tiempo cuidada y cuidadora, recibirá del común los recursos necesarios para su cuidado y/o el cuidado de otros en razón de su situación personal y social. Queda así establecido por esta Carta que habrá tiempo para cuidar y recursos para cuidar, quedando todo otro trabajo u obligación sometido a esta necesidad.

Art. 38. Los cuidados serán organizados y gestionados por las juntas comunales establecidas al efecto. Es objetivo de estas juntas el reparto de los cuidados de acuerdo con las distintas necesidades de los miembros de la comunidad.

Art. 39. La ciudad creará los equipamientos e institutos que sean necesarios para el cuidado general. Ningún centro ni servicio del común podrá ser vendido o cedido a poderes privados. De igual modo, ningún centro servirá para la obtención de lucro. Todas las empresas privadas de servicios deberán integrarse en los Comunales del Cuidado.



Título séptimo: De la salud y el bienestar físico
Los desórdenes de nuestra ciudad y el maltrato natural nos han traído malas aguas y peores aires. Son estos síntomas del deterioro ambiental que padecemos. Sabido es también que estos males se extienden a los alimentos. Redundando todo ello en enfermedades y malitias como el asma, las alergias y los cánceres modernos.
Es asimismo verdad que las economías de nuestro tiempo derivan en un permanente estado de guerra mental, y que ésta termina en estrés, gran tristeza y enorme ansiedad. Pues nuestras formas de vivir y de trabajar han acabado con principios importantes de las relaciones humanas. Y así éstas, entristecidas y agotadas, nos terminan por devolver la jugada.
Es por ello que siendo la salud bien común, y que ésta depende tanto de los buenos alimentos, como de aires y aguas puras, como de una mente relejada y fuerte, nutrida de buenas relaciones humanas, esta Constitución establecerá las medidas necesarias para que todo ello no sea sólo escrito sino también cierto.
Art. 40. Es propósito de los Comunales la salud de todas y todos. Los medios necesarios para este objeto deberán ser comunes.

Art. 41. Quedan por esta Carta garantizadas las condiciones sociales y ambientales que permiten una vida saludable universal.

Art. 42. El aire y el agua deberán ser claros y limpios, sin nocividades ni venenos, al igual que las cosas del comer y el beber. A este fin, las tierras y bosques comunales servirán para implantar nuevos modelos de agricultura y ganadería, que produzcan tanto productos sanos como compatibles con la conservación y mejora del medio.

Art. 43. Las relaciones campo-ciudad serán reorganizadas. Descampados, jardines y aparcamientos innecesarios serán convertidos en huertos urbanos y áreas de recreo. Se reducirán los viarios urbanos y las superficies artificiales. E igualmente, campos de golf, cotos de caza y clubs de tiro serán convertidos en bosques, pastos y huertos.

Art. 44. El urbanismo y los transportes serán reorganizados para evitar los desplazamientos más largos e inútiles, eliminar la contaminación innecesaria y fomentar los vehículos colectivos o no contaminantes, como la bicicleta.

Art. 45. Se modificará el sistema energético de la ciudad, a fin de alcanzar una situación de contaminación cero, tanto en el consumo como en las fuentes de producción. A este fin los Comunales de la Energía desarrollaran hasta el límite de su potencial las fuentes renovables de producción y consumo local, como las minicentrales eólicas urbanas, las energías geotérmica, termosolar y fotovoltaica.

Art. 46. Se limitarán las jornadas laborales, las tareas monótonas y repetitivas, y se acoplarán los horarios a los de la vida y su reproducción, y no al revés. Todo salario o prestación deberá cubrir como mínimo todas las necesidades vitales no cubiertas por el común.


Título octavo: De las instituciones sanitarias
Son comunes y deben serlo los hospitales, así como el personal y los medios que los componen. Pues ya no es tolerable lo que de algunos años a este tiempo viene haciendo nuestra gobernanta, que amparada en leyes extrañas ha puesto en venta lo que el dinero de todos hace posible. Y así ha hecho de nuestra sanidad negocio de grandes banqueros e intereses malsanos, haciendo hospitales privados que pasan por públicos (en tanto con dinero público son pagados), y así destruyendo el servicio y nuestra salud.
Y dado que no es posible que el sistema de salud se oriente al mismo tiempo al beneficio privado y al servicio público; pues quien sólo a su bolsillo mira, pondrá su interés primero y sólo luego la salud general; y puesto que esto es gran verdad y de lo que aquí se trata es de hacer negocio con lo innegociable, queda por esta Carta establecido, que hospitales y centros de salud, ya no serán ni públicos, ni privados, sino comunes y de todas y todos.
Art. 47. Los hospitales, los centros salud y todo el sistema de salud son bienes comunes. Pues no hay nada más importante para los Comunes, que cuidar la vida, no siendo aquí ni pensable ni posible, que haya diferencias de salud o bienestar, ni dos sistemas de salud, uno para pudientes y otro para menesterosos o personas de pocos caudales.

Art. 48. Es propósito de los Comunales de la Salud la prevención, cuidado y curación de todos aquellos que siendo madrileños y madrileñas, en razón a su residencia en la ciudad, sin distinción de procedencia, género, edad o tendencia sexual, así lo quieran, y hasta donde quieran, pudiendo hacer uso en igualdad de condiciones de estos bienes comunes.

Art. 49. Cada centro y hospital recibirá del común los recursos necesarios para su funcionamiento y siempre en razón al número de habitantes y las peculiariadades de las situaciones personales y sociales que atiendan. En aras de la sostenibilidad, se fortalecerán la formación, la prevención y los centros mixtos socio-sanitarios.

Art. 50. Todos los avances científicos, así como las tecnologías, las investigaciones y los fármacos creados en los Comunales de la Salud serán considerados bienes comunes, no pudiendo ser su uso restringido por medio de patentes o cualquier otra legislación de propiedad intelectual o industrial.

Art. 51. Los centros sanitarios serán gobernados por juntas comunales elegidas por asamblea abierta y democracia directa por el personal sanitario, no sanitario y los habitantes de la zona que corresponda.

Art. 52. Ningún centro de salud, hospital, laboratorio ni otras instituciones sanitarias gestionadas públicamente podrán ser vendidas o cedidas en su gestión a instituciones privadas. Asimismo ninguna institución pública o privada podrá desmembrar este sistema institucional ni obtener lucro con la gestión del mismo.


Capítulo Quinto: De la educación y el conocimiento


La educación es proceso de aprendizaje que dura toda la vida, trasciende edades, y va desde el nacimiento hasta la muerte. Es por ello, que aun siendo importante la escuela, hay educación y conocimiento en casi toda relación entre humanos. Y que la educación comprende tanto el aprendizaje de saberes y contenidos concretos, como el percibir del mundo y de los otros. Es por eso que educar y aprender es formación de un vínculo común, que hace de la escuela y los maestros herramienta primera, si bien ni única, ni total.
Es también sabido que no hay conocimiento verdadero sino por mor de otros que vienen de antiguo, y que acumulados a lo largo de la historia permiten que otros nuevos se añadan. Resulta por tanto que no hay nada de nuevo sin algo antiguo. Y que ese antiguo, es las más de las veces tan anónimo como la cooperación común.
Queda así establecido que siendo tan importantes para la vida, y en sustancia comunes, conocimiento y educación sean considerados como una de las más importantes riquezas comunales. Y que así comprendidos, las prohibiciones y tasas que sobre ellos se imponen, perjudican al común, siendo contrarias a la propia producción de algo nuevo y a su libre reparto entre todos y todas.


Título noveno: De la educación común
Es gran problema de Madrid, al igual que de otras grandes ciudades, que la educación estando en manos del Estado, haya sido objeto de incontables maltratos. Y que así y en pocos años se hayan reducido los centros públicos, eliminado muchos servicios y acortado las plazas, a la par que con triquiñuelas y engaños se favorecían las escuelas privadas, o con mayor prejuicio, las llamadas escuelas concertadas, que no son sino privadas pagadas con dinero común.
Fruto de tales lindezas, asistimos a dos modelos de escuela, que lejos de producir mejoría, redundan en la separación de los infantes según el patrimonio de sus familias, el nivel educativo, su lengua de origen y otros criterios que nada favorecen la formación del común. Así resulta que se contribuye, como parece quererse, a que la descendencia de pobres y gentes de pocos caudales siga en igual estado que sus padres hasta que el mundo deje ser mundo, a la par que las nuevas huestes de las familias más privilegiadas son destinadas a acaparar los títulos que aseguran iguales o mayores riquezas. Y esto malo puede ser peor, pues siendo los colegios tan uniformes en la riqueza y el origen de su alumnado, con tan poca mezcla y diversidad, las mentes de los infantes languidecen dentro de un mundo tan estrecho y pobre de relaciones. Es por ello que no hay ya pretexto que deba impedir ahogar esa falsa libertad llamada «libre elección de centro», que no es sino libertad de separación y perpetuación de las clases ya asentadas, en contra de la riqueza común, que sólo en la mezcla y en la diversidad prospera.
Art. 53. Es común toda escuela, instituto o colegio, pagado o sostenido con el esfuerzo común, siendo por ello inalienable, y estando prohibida su venta o cesión a privadas manos.

Art. 54. Es propósito de los Comunales de la Educación la promoción de los saberes y conocimientos de todos aquéllos que siendo madrileños y madrileñas, en razón a su residencia en la ciudad, así lo quieran, y hasta donde ellos quieran, sin más tasa y pago que el de su esfuerzo y voluntad.

Art. 55. Es derecho y obligación de todos vivir en un entorno rico y diverso, en el que diferencias de piel, riqueza, gusto y goce, estén presentes, se mezclen y reconozcan como parte de lo común. Es lo común contrario a separaciones y divisiones, terminando con toda segregación y separación entre escuelas, al igual que dentro de ellas.
Art. 56. Aquéllos y aquéllas que aun a pesar de estas verdades, rechacen para sí o sus vástagos, la educación común, podrán hacerlo en razón a su derecho fundamental de vivir al margen, pero lo harán con sus propios medios y riquezas, no pudiendo pedir ni reclamar nada al común al cual deshonran y rechazan.
Art. 57. Quedan por esta constitución suprimidos, a todos los efectos, los conciertos y subvenciones escolares a los centros privados y concertados, quedando a plazo de pocos años su incorporación a los Comunales.
Art. 58. Cada escuela, instituto o colegio, siendo común, será gobernado por una junta comunal, elegida por asamblea abierta y democracia directa por profesorado, infantes, maters et paters y otros miembros de la comunidad.
Art. 59. De acuerdo con el principio de sostenibilidad y con el de equidad, cada centro recibirá del común los recursos necesarios para su funcionamiento siendo el número de alumnos y alumnas y las necesidades educativas de cada barrio o zona escolar, los criterios a contar.
Art. 60. Siendo comunales escuelas e institutos, permanecerán abiertas sus puertas a todas las horas de todo día, siendo obligación de la Junta Comunal las decisiones sobre los usos de tales espacios.


Título décimo: De los saberes y el conocimiento común
No hay saberes si éstos no se comparten. No hay idea que antes no sea de otros, y que en el libre juego de la discusión no se modifique y enriquezca. Pocas cosas sobre la tierra tienen menos existencia que los autores de islas solitarias, siendo todo saber fruto de interacciones complejas, de la proximidad entre cercanos y de los saberes que vienen de antiguo. Es así de naturaleza que todo conocimiento es común aún si ello no se convenga.
Pero siendo esto gran verdad, se nos insiste en comparar las ideas (y también los libros y las canciones) con las peras, resultando que todo conocimiento es propiedad y tiene su propietario. Y que al igual que todo árbol da su fruto, el autor debe tener derecho reconocido y absoluto, como si a contranatura el árbol pudiese recoger sus propios frutos. De tal modo se ha aplicado gran fuerza y enormes poderes para hacer que esto pase por cierto aun siendo falso, haciendo de la ley herramienta de intereses particulares en perjuicio de todos. Así se impide también la copia de manuscritos y canciones, el préstamo de libros y otros obras, y se amenaza el accedimiento a bibliotecas e Internet, bajo pretexto de que nos apropiamos de lo que es de otros y no es nuestro. No de otra forma se produce gran perjuicio a la creación de nuevas obras y saberes.
Art. 61. Toda persona, por el mero hecho de serlo, ha derecho a conocer y saber lo que la humana mente ha producido. Ni persona ni institución podrá impedir este derecho, pues siendo el conocimiento bien común, éste será universal e inalienable.
Art. 62. Son comunes los conocimientos y saberes, la música, la danza y todo aquello siendo fruto de la mente humana, pueda reproducir y copiar un cerebro o una máquina. Siendo esta norma para gran provecho de la humanidad y de las generaciones venideras, es por ello que la llamada propiedad intelectual, así como todo acto de ley, que de frente, o por arteras mañas, pretenda propiedad sobre los frutos de la mente humana es contradictorio con estas verdades y queda abolido por esta constitución.
Art. 63. Todo lo dicho no contradice que requiriendo muchas obras y saberes gran trabajo de artistas, escritores, científicos y otros oficios de gran inteligencia, no se reconozca su labor. Así como el albañil cuando levanta un muro recibe remuneración, el común, principal beneficiario de su labor, reconocerá el trabajo de autores y autoras por medio de los instrumentos y recursos creados a este menester.
Art. 64. Artistas, escritores, científicos y demás personas de ciencias y letras deberán formar sus Juntas Comunales, estableciendo las necesidades de lo que propiamente deberán escribir o conocer, repartiendo para ello los recursos necesarios.
Art. 65. Así mismo las universidades son bienes comunes, y como tales serán gobernadas por juntas comunales, al modo de las escuelas y los institutos. Siendo además catedrales de gran saber, todos los conocimientos que en ellas nacen serán comunes y de libre disposición.



Capítulo Sexto: Del gobierno de los comunes, así como de su gestión y respeto

Por este acto, reconocidos y regulados, son los comunes ley de leyes. No hay por ello ni instancia ni Estado, ni administración ni gobierno que tengan mayor fuerza que estas normas. Y al igual que los antiguos cuando fundaban una ciudad, abolían las leyes viejas para darse otras nuevas, aquellas normas que, en parte o en todo, contradigan la Carta de los Comunales no deberán ser tenidas en cuenta. Pues de los comunales grandes frutos y provechos se esperan, que en comparación hacen pocas las obligaciones requeridas, y así queda claro que en compartir hay mayor gozo y felicidad que en las tristes vidas individuales de los tiempos pasados.
Art. 66. El Estado, la administración y el gobierno de la ciudad quedarán sometidos a esta Carta, no siendo de su competencia, ni su modificación, ni su administración; pues sólo de las asambleas y juntas comuneras son propias tales reglas.
Art. 67. Siendo esta Carta ley suprema, toda ley y norma que a ella contradiga, será abolida o modificada según convenga, sin que en ello importe ni su filosofía, ni rango anterior.
Art. 68. Son los comunales propiedad común, siendo sólo posibles por la ecuánime y justa participación de todas y todos. Es por ello que si toda persona recibe grandes ventajas de la existencia de los bienes comunes, igualmente es obligación de toda persona la colaboración en su mantenimiento y mejora; siendo buena tanto la aportación en moneda, como en trabajo, así como la asistencia y decisión en las juntas comuneras.
Art. 69. Es cada cual libre de participar o aportar al común, pero no será ni lícito ni permitido el aprovechamiento de los comunales de aquéllos que pudiendo, decidieren no aportar, pues no es viable sistema alguno del que se reste sin sumar.
Art. 70. Quienes atacaren, violaren, o privatizaren los comunales, fueren estos Estados, poderes, o personas, serán considerados enemigos del común, y a la guerra que han declarado se deberán ajustar.
Así pues, y en razón a todo lo expuesto, queda claro que los comunales son la mejor garantía de la buena vida. Y para que ésta se conserve no hay mejor ley que la que esta Carta expresa.
- Sea pues que ¡vivan los Comunales y la buena vida! -



Epílogo: La reinvención de los comunes…


O sobre la necesidad de dotar de autonomía política a la reproducción social
Aunque nos gusten los arcaísmos, el lenguaje medievalizante y recordar que los comunes fueron la forma más acabada de vínculo comunitario de la que queda registro, éste no es un texto nostálgico.  No queremos un retorno a un pasado edénico, ni a una nueva Arcadia rural, sino encontrar, de nuevo, instituciones sociales en las que se unan solidaridad social, empoderamiento político, eficiencia económica y uso sostenible de los recursos; instituciones que nos sirvan para defendernos políticamente frente a la actual rapiña financiera que está en el centro del mecanismo de reproducción del capitalismo contemporáneo. Se trata, en definitiva, de aprender del pasado, no de volver a él.

Breve historia de los comunales y la propiedad pública

Recuperemos el hilo de la historia: los comunes eran fundamentalmente una estrategia para garantizar la reproducción social de forma independiente del poder arbitrario de los señores feudales —al igual que hoy ocurre con numerosas comunidades rurales. Sean cuales fueran las demandas y las exacciones de los señores, las reservas de tierra comunal, suponían una garantía de supervivencia para aquellos menos favorecidos por el régimen de propiedad, así como una base de protección para los campesinos mejor situados. De esta manera, se forjaron varias capas de protección social. Por un lado, se impedía que la depredación feudal se produjese a costa de la comunidad como tal y, por otro, se garantizaba la explotación sostenible de los recursos naturales. En este arreglo, solidaridad social y sostenibilidad se complementaban perfectamente: en la medida en que los bienes y servicios naturales se situaban, de hecho y de derecho, en la base material de la reproducción comunitaria su destrucción era la destrucción de la propia comunidad.
Se ha señalado en innumerables ocasiones que la pérdida de estos bienes comunes fue indispensable para fabricar un estrato proletario desposeído y dependiente que finalmente fue conducido hacia la producción fabril capitalista en buena medida gracias al «miedo al hambre» como principal motor de sus motivaciones. También se ha señalado que, a la larga, esta desposesión generó una fuerte polarización social que cargó una enorme tensión sobre la reproducción social, y, por extensión, sobre la reproducción de la fuerza de trabajo. Por su parte, los movimientos obreros nacieron como contrapeso a esta enorme fuerza de desposesión. Su historia se reconoce en una suerte de recomposición comunitaria —bajo la forma de la llamada clase obrera—, que utilizó en su desafío total al capitalismo una mezcla de instrumentos analíticos nuevos dirigidos a comprender el modo de producción, con formas tradicionales de generación de vínculos sociales en buena parte heredadas de la memoria de las comunidades previas, que se sostenían como colectividades coherentes gracias al régimen de los comunes.
En este marco, y a lo largo de los siglos XIX y XX, la respuesta a las sucesivas oleadas de la lucha de clases vino de la mano la propiedad pública, una versión estatalizada del concepto de propiedad social —«la propiedad de los no propietarios»—, y en cierta medida un sustituto de los antiguos comunales. En este régimen de propiedad, el Estado asumía la responsabilidad sobre la reproducción social. Su función consistía efectivamente en la producción de bienes públicos, un tipo de producción simplemente imposible bajo un régimen de propiedad privada mercantil.
De esta manera, el Estado logró interiorizar buena parte de la dinámica histórica de la lucha de clases; e incluso, después la Segunda Guerra Mundial con la universalización del modelo keynesiano-fordista, de la dimensión conflictiva de la reproducción social. Apaciguada ésta por la progresiva expansión de la propiedad pública, se fue dando paso a una forma de ingeniería social en la que, bajo la figura del impulso a la demanda efectiva y mediante el crecimiento de los salarios directos e indirectos, capital y trabajo encontraron una frágil esfera común de intereses. Desde este lugar, se dio el mayor impulso conocido hasta la fecha de las instituciones del Estado de Bienestar. Educación, salud, vivienda fueron en gran medida desmercantilizadas, redenominadas con el adjetivo «públicas», y elevadas a conquistas civilizatorias de un nuevo modelo de reproducción social.
Como es conocido, el reverso de este pacto fue una progresiva incorporación de la reproducción social a la maquinaria del Estado que puso a las nuevas instituciones del Estado de Bienestar bajo el control de una casta de «expertos» que efectuaban las tareas de gestión del nuevo patrimonio público. Este movimiento de burocratización, terminó siendo decisivo cuando, a partir de la crisis de 1973, la caída de la rentabilidad capitalista provocó la ruptura del pacto entre capital y trabajo, que ya se encontraba tocado por la nueva ofensiva social y obrera de los 68′. Pero el desarrollo político de la crisis de los setenta también se llevó por delante los arreglos institucionales de las élites capitalistas ligadas a la producción, dando paso al dominio hegemónico del capitalista en dinero (rentista) y de las finanzas globalizadas. El resultado de esta doble ruptura fue que las políticas keynesianas para impulsar la demanda, el marco técnico desde el que se había incorporado la reproducción social a la gestión tecnocrática, terminó por perder cualquier significado político y económico desde el punto de vista del capital.
Según un guión bien conocido, la nueva ideología de la contrarrevolución neoliberal, que sirvió de principal instrumento de reorganización de la clase capitalista, ha considerado, y considera, que la vivienda, la salud, la educación ya no son salvaguardas de la reproducción de la fuerza de trabajo, antes útil al fin y al cabo al propio curso de la acumulación capitalista, sino limosnas más o menos generosas que se otorgan a una mayoría social que se ha vuelto dependiente del Estado y que ha olvidado los valores de sacrificio y trabajo individual. Esta liquidación de las políticas del bienestar, en ausencia de las formas de lucha que habían colaborado a su creación, ha puesto a las instituciones de propiedad pública, en la picota de una versión monetaria estrecha y en gran medida ideológica de la eficiencia: pasando a ser concebidas como simples costes en el balance de las cuentas del Estado.
El paso siguiente ha sido desprenderse de unos «servicios», ya no derechos, que ahora se consideran simples cargas para el capital. El método no ha sido otro que la mercantilización y la privatización de algunos espacios esenciales para la vida social. La misma casta de «expertos» que se había hecho cargo de la gestión de la propiedad pública adquirió entonces el encargo de ejecutar su liquidación. Este movimiento se está produciendo «curiosamente» en un momento en el que el capitalismo histórico empieza a encontrar grandes dificultades para seguir manteniendo las tasas de beneficio que caracterizaron al capitalismo industrial de la edad de oro de la postguerra mundial. Los ciclos industriales ya no producen lo suficiente para mantener la máquina del beneficio capitalista a flote y las antiguas conquistas sociales aparecen como los «nuevos comunes» sobre los que lanzar una ofensiva en busca del beneficio perdido.
Las finanzas, con su capacidad sancionada institucionalmente para producir dinero, se han convertido en la punta de lanza de este proceso. Así, lo que antes eran garantías públicas pasan a ser «activos» financieros, con un valor negociable en los mercados globales de capitales, donde, por decirlo suavemente, la reproducción social importa bien poco. Para tener un buen ejemplo de este proceso no tenemos más que fijarnos en cómo una garantía social pública como las pensiones de jubilación se han convertido, a través de los planes privados, en gasolina para las grandes operaciones financieras. O de cómo ese otro antiguo derecho a la vivienda se ha convertido en una masa de deuda hipotecaria que transfiere permanentemente recursos de las familias a las finanzas.
Pero ese proceso al que llamamos financiarización, no sólo convierte paulatinamente los antiguos servicios sociales y derechos de ciudadanía en activos cotizados en los mercados financieros e inmobiliarios, también colonizan nuevos espacios mercantiles. Los activos naturales (aire, agua, suelo, energía) sufren con especial gravedad el embate de una nueva colonización financiera que los pone (al igual que a sus usufructuarios tradicionales) a los pies de un modelo de acumulación intensivo en materiales y vertidos. Por otro lado, relaciones sociales tradicionalmente ajenas al mercado, como puedan ser los cuidados, también aparecen como nichos de negocio que se presentan como soluciones a la disolución de las relaciones sociales que ha provocado la propia mercantilización y financiarización de la vida cotidiana.
El resultado de todos estos procesos involutivos de colonización de los distintos flancos del núcleo de la vida social es el poderoso estrés que hoy caracteriza a la esfera de la reproducción. Podemos identificar esta tensión como una forma de precariedad generalizada que se traduce en tener que vivir al día y que nos lleva de vuelta a ese presente contínuo que ha caracterizado históricamente la experiencia del tiempo para el proletario desposeído.

La estrategia de los comunes
Frente a la pérdida del sustento material que actualmente sufrimos, debido a la depreación del capitalismo financiero, las instituciones del común funcionan con una lógica completamente distinta, asegurando el sustento material para unas relaciones sociales no dependientes. La diferencia de esta construcción de instituciones es de orden social: las relaciones comunitarias. O dicho de otro modo, la recuperación de las esferas de la reproducción social que garantizan la vida en común no puede hacerse desde una relación mediada institucionalmente, sino que ésta debe colocarse en el punto en el que se anuda la materialidad de las relaciones comunitarias. Valor de uso, sostenibilidad y gestión colectiva y transparente son algunas de sus encarnaciones. Por eso es necesario entender que lo común no se deja reducir a los estatutos de propiedad existentes, ni la propiedad privada ni la propiedad pública están hoy en condiciones de realizar este proyecto de recuperación de los mecanismos sociales de reproducción, ni por extensión de recuperar o articular forma alguna de sociabilidad no sumisa al mercado. Quizá el sentido de la pregunta pertinente vaya en una dirección completamente opuesta ¿Cómo se podría redefinir la propiedad pública y la propiedad privada una vez que los mecanismos materiales y políticos que garantizan la existencia hayan sido recuperados?
Habrá quien señale que en la perspectiva que desarrollamos en este texto se soslayan algunos aspectos centrales del régimen actual de dominio y explotación capitalista. A primera vista, tanto la problemática de la propiedad de los medios de producción y el gobierno del trabajo, lo que podríamos llamar la problemática comunista tradicional, o incluso la cuestión general del gobierno democrático del cuerpo social, la representación política, quedan fuera del alcance de la estrategia de los comunes.  Quizá sea necesario entender pues, cuál es el alcance concreto de la estrategia de los comunes. Se trata, como venimos diciendo, de señalar una serie de campos necesarios para la reproducción de la vida social y de recuperarlos, blindándolos ante las distintas formas de sumisión al mercado, que no es sino la mejor forma de garantizar su desaparición. Cuando se tiene en cuenta la fusión práctica entre los ámbitos de la producción y de la reproducción, es difícil pensar que la conquista de espacios libres para la reproducción social pueda no tener influencia sobre la producción. De hecho, los antiguos commoners (comuneros) medievales lograron, gracias al control de estos mecanismos, una autonomía casi completa sobre el proceso de trabajo que les permitía simplemente no tener que vender su fuerza de trabajo y mantener controlada su actividad económica dentro de los límites de instituciones formadas por fuertes redes de pertenencia como la familia o la aldea.
Las instituciones del común implican, pues, un cambio en el enfoque habitual de las luchas sociales, que aunque repercute sobre algunos procesos de gobierno del trabajo, aligerando notablemente la carga del dominio capitalista, necesita como complemento de otras formas de gestión que se dirijan hacia el centro clásico de los mecanismos de explotación capitalista. La extensión de la propiedad común sobre la reproducción social apunta a una desmonetarización y desmercantilización de la vida. En cierta forma se trataría de una desproletarización de masas que se opone a la lógica de la violencia de la desposesión, sin que ello vaya en contra de nuevos derechos propiamente monetarios de acceso a la renta, como la Renta Básica. En cualquier caso, la extensión de los comunes supone tanto una apuesta por la autonomía de la reproducción social como por el reforzamiento del vínculo comunitario y se opone, por principio, a las versiones de la Renta Básica más cercanas al liberalismo, es decir, aquéllas que no problematizan la mercantilización de la vida social.
Una argumentación parecida puede realizarse sobre las posibilidades de una nueva política democrática. La liberación de los comunes instaura una política democrática directa sobre aquellos aspectos que forman parte de la reproducción social. Aún cuando este proceso supone una redefinición total del sistema político, no aborda directamente lo que en términos tradicionales podríamos llamar el problema de la representación, al menos en las escalas y niveles más altos de gobierno, aquéllos en los que no caben todos los concernidos en una habitación (grande). Por lo tanto, puede coexistir con otras propuestas para la democratización del cuerpo social y la generación de nuevas instituciones de gobierno.
Pero, a pesar de la persistencia de estos problemas clásicos, hoy, en un momento en el que el desarrollo histórico de la crisis refuerza la hegemonía política de la financiarización, nos enfrentamos al hecho de que la extracción de plusvalía ya no se produce por los mecanismos clásicos de la producción capitalista, sino por métodos financieros como los mercados de crédito que canalizan hacia el capital financiero cantidades crecientes del producto social. No sin similitudes con las exacciones feudales arbitrarias, la financiarización produce beneficios captando progresivamente una mayor parte del producto social, centralizándolo, y redistribuyéndolo conforme a criterios que responden únicamente a sus estrategias de poder. El resto del cuerpo social, las grandes mayorías sociales y las instituciones públicas, quedan sometidas a un régimen de escasez de recursos que determina las relaciones sociales. Controles del gasto público, privatizaciones, estancamiento salarial, degradación de las condiciones laborales, desempleo, no hace falta buscar mucho para encontrar las manifestaciones más visibles de este régimen de restricción generalizada. En realidad, a partir de este punto se abre un régimen disciplinario en el que volvemos a encontrarnos con el clásico motor ideológico de la sumisión al trabajo capitalista, «el miedo al hambre», ahora ampliado y transformado en miedo al desclasamiento, a la movilidad social descendente, al otro generalizado o a cualquier otra amenaza percibida sobre la capacidad de competir por las migajas que deja la rapiña financiera. Los síntomas superficiales de este tipo de miedo son bien conocidos: desmovilización, microfascismo, atomización, consumismo agónico, guerra entre pobres, psicologización del malestar, etc. Pero este régimen disciplinario descansa sobre una condición que debemos negar categóricamente: la escasez. No hay ninguna escasez real y, por lo tanto, no hay motivos para aceptar los chantajes políticos que dependen de ella para entonar su “no hay alternativa”.
La extraordinaria fuerza de la captación y la centralización de recursos que provoca la financiarización y su redistribución selectiva hacia los estratos más altos de la pirámide de ingresos, ese 10 % (o menos, dependiendo del contexto) de la población que se reparte la gran mayoría del producto social, impiden ver la riqueza social existente. Por un lado, la riqueza de lo materialmente existente, la cantidad de bienes y capital que existen a día de hoy, y que una vez repartida podría cubrir durante mucho tiempo las necesidades de, literalmente, todo el mundo. Pero también la riqueza del conocimiento, de la cooperación social liberada, de las relaciones sociales autónomas, de todas esas dimensiones inmateriales de las fuerzas productivas que están sometidas a un régimen de escasez artificial por un sistema de extorsión social que vive de la captación de externalidades sociales, las restricciones de acceso y de distintas formas de pago de peaje. Propiedad intelectual, privatización de la enseñanza, limitación de las potencialidades del conocimiento y la investigación por culpa de su redirección hacia los intereses inmediatos de la producción capitalista son algunas de las manifestaciones más visibles de esta forma de negación del sentido colectivo de este tipo de producción social.
De otro lado, el reconocimiento de esta enorme riqueza social y su conversión en valores de uso equitativamente distribuidos deben liberar la presión sobre aquellos recursos a los que, por oposición a los recursos socialmente escasos, podemos llamar físicamente escasos. Nos referimos al stock de capital natural que en estos momentos sigue siendo depredado hasta el punto de acercarnos cada vez más rápido a una crisis ecológica mundial, eso sí, bajo el tranquilizador mantra ideológico del capitalismo verde. Más allá del milenarismo bienintencionado de algunas posiciones que auguran el colapso de la civilización capitalista por escasez de recursos, sostenemos que, éste es también un problema inseparable de la redistribución financiarizada, de las formas de propiedad y del poder de mando capitalista. Mientras estos últimos queden inalterados, la conciencia de la escasez de recursos simplemente generará modelos cada vez más duros de dominio sobre el capital natural. Todos estos procesos de divergencia entre las capacidades sociales y las necesidades físicas, por un lado, y los regímenes de poder y propiedad existentes, por otro, apuntan a la pertinencia histórica de un nuevo régimen de gestión de recursos que libere la enorme abundancia existente y modere drásticamente las presiones sobre los ecosistemas naturales, un régimen comunal.
Curiosamente, toda la evidencia existente parece querer contradecir la «tragedia de los comunes» que predecía que la propiedad común necesariamente suponía el agotamiento de los recursos naturales. Al contrario, cuanto más se extiende la propiedad capitalista de la tierra más se sobreexplota el capital natural, más residuos se vierten a la atmósfera y más se deterioran las relaciones físicas que constituyen los ecosistemas. Frente a este horizonte, los pocos reductos en los que la gestión comunal de los recursos sigue dependiendo de comunidades políticamente activas, aparecen como islotes de gestión eficiente, satisfacción de necesidades y sostenibilidad. Y esto a pesar de que justamente sea la bandera de la eficiencia la que enarbolan los discursos neoliberales y sus variantes tecnocráticas. Este proceso supone la constatación de que los ámbitos de reproducción social gestionados por la vía del mercado, e incluso a través de la propiedad pública tradicional, pueden ser mucho menos menos eficientes que la gestión comunal democrática. Y sin duda, la privatización que defienden las distintas variantes del discurso neoliberal redunda en mayor desigualdad al acceso y en una mayor destrucción del recurso. En resumen, lejos de volver al pasado, la apuesta por los comunes supone la entrada en un periodo histórico verdaderamente diferente al nihilismo de la rapiña y la desposesión del que se alimenta el actual capitalismo financiarizado.  De hecho, para captar la importancia histórica del tipo de cambio fundamental que se propone en este texto es necesario tener en cuenta que el capitalismo actual simplemente no puede llevarnos hasta ese punto, ni hacia ningún otro que implique un progreso social medianamente significativo.
Un último apunte debe hacerse respecto a las cuestiones de escala. En este texto, ficción recreada sobre fueros y cartas puebla medievales, nos centramos en la visión de lo que sería un régimen de comunes para la región metropolitana de Madrid. En ciertos aspectos, esta elección nos facilita enormemente la argumentación sobre su pertinencia histórica. Por ejemplo, la gran masa física de capital instalado en el territorio madrileño en forma de infraestructuras y viviendas hacen que sea innecesario plantearse el problema de una mayor acumulación de este tipo de capital y, sin embargo, sea indispensable un modelo de gestión socializada que desvincule este capital del dominio de la oligarquía financiero-inmobiliaria de la región madrileña. En otros aspectos, sin embargo, esta escala es insuficiente. Madrid hace tiempo que dejó de ser una unidad social autocontenida, sí es que alguna vez lo fue, y un programa de liberación de la reproducción social y de gobierno de los comunes debe tener en cuenta las interconexiones globales que hoy constituyen la metrópoli madrileña. Aunque aquí, como no podría ser de otra manera, se dan respuestas a problemas globales, adaptadas al contexto de la metrópoli madrileña —hay pocos problemas propiamente madrileños— para que todo el programa de apertura de nuevos comunes tenga sentido, éste tiene que estar acompañado por movimientos similares en las distintas escalas geoeconómicas. Desde la extensión universal de los comunes, a escala local, hasta el diseño de mecanismos para gestionar los global commons como la atmósfera, los océanos, o el total de la biosfera, pasando por la solución de los problemas de deuda ecológica o déficit de materiales, el espectro de los comunes tiende a la universalidad.

-Dicho de otro modo, el programa de extensión de los comunes
                                                      será global o no será-


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